Al cierre de esta nota, en la noche del miércoles, el Senado se aprontaba a aprobar la derogación de las leyes Cerrojo y de Pago Soberano con más la autorización de cerrar trato con los fondos buitre e ingresar en un nuevo ciclo de endeudamiento externo.

Horas antes, en el mismo edificio, diputados nacionales de la Comisión de Trabajo se reunían con Antonio Caló y Hugo Moyano (secretarios generales de la dos CGT) y Luis Barrionuevo (gerente del maxi kiosco gremial Azul y Blanca) además de Hugo Yasky y Pablo Micheli (de las dos CTA) (ver asimismo página 9 de esta edición). Los líderes sindicales pedían la sanción de una ley de emergencia laboral para frenar la sangría de despidos que proliferan en el sector público y en el privado.

Vale la pena, asumiendo la limitación de la prensa escrita y apelando a la imaginación de los lectores, acudir al artilugio de la “pantalla partida” tan usado en la tele. Hablemos de las dos facetas del combo, en paralelo. El neo endeudamiento y los despidos son caras de una misma moneda, pilares del modelo macrista que ayer se apuntó una victoria política cuyas consecuencias son temibles.

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La fecha de la sesión del Senado fue impuesta por exigencia de los buitres. Había que pagarles, sí o sí, a la hora señalada (por ellos) o tronaría el escarmiento.

Hacerlo en tiempo y forma será de imposible cumplimiento por mandato de los tribunales norteamericanos a pedido de los mismos acreedores. Es un detalle que agrava hasta tornar paródica la urgencia que rigió el calendario del Congreso.

El 31 de marzo como dead line (valga la expresión) para redoblar los despidos es, sí, una decisión “soberana” del gobierno del presidente Mauricio Macri. El decreto 254/2015 se dictó en diciembre del año pasado. Es el día en que vencían contratos de trabajadores estatales, aquel en que llegaría una purga gigantesca y jamás detallada de miles de laburantes.

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En términos institucionales la mayoría lograda por Cambiemos en ambas Cámaras es rotunda. En el Senado faltaba contar los porotos pero estaba sellado que el “Sí” rondaría los dos tercios de los apoyos. Esa cifra solo es accesible si el bloque del Frente para la Victoria (FpV) aporta una proporción similar. El resultado es, en el tablero político, una victoria fundacional del macrismo. Sus derivaciones económicas sociales se palparán andando los años.

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Las argumentaciones opositoras son sólidas pero los otrora críticos de “la escribanía kirchnerista” rechazaron cualquier moción de mejorar el pésimo proyecto de Diputados, que se validó a libro cerrado.

La sanata edificante sobre la búsqueda de consensos o el pluralismo cedió paso a la necesidad de entregar la ley en bandeja al juez Thomas Griesa y al financista Paul Singer.

La negociación con esos acreedores hace agua por donde se la mire, aún antes de entrar al fondo de la cuestión. Se pagan honorarios a abogados de “otros” bonistas que no tienen sentencia firme a su favor. Se deja abierta una puerta a reclamos de los bonistas que aceptaron alguno de los dos canjes soberanos por estafa a sus derechos. Pocos juristas niegan de plano esa posibilidad: el procurador del Tesoro, Carlos Balbín, se negó a firmar un dictamen al respecto.

La sentencia de Griesa alerta sobre los riesgos inherentes a “la justicia” internacional. Un fallo alocado está en el menú, no como virtualidad imaginativa sino como precedente tangible.

Lo peor, claro, no son las dádivas a letrados VIP ni la virtualidad de demandas en cadena. Es la entrada con bombos y platillos al tercer ciclo de endeudamiento externo que también tiene ejemplos históricos desalentadores.

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Los despidos de estatales se incrementan, se augura un pico para hoy. Las reacciones sindicales aumentan.

El ahorro de gasto público no es un argumento verosímil. El Gobierno prodiga designaciones en categorías altas del escalafón mientras expulsa a trabajadores con ingresos más bajos. Hay nombramientos para cargos que exigen antigüedad en la función pública que benefician a personas que no pueden haberlos cumplido por su edad (no consignada pero deducible por el número de DNI).

La “limpieza” obedece a otras motivaciones. Disciplinar a los trabajadores, estatales o de la actividad privada, para empezar. Desmembrar áreas chocantes a la ideología oficial: el parate del Arsat 3, las cesantías en la Biblioteca Nacional son muestras contundentes y parciales.

Los docentes agrupados en Ctera anunciaron una huelga para el 4 de abril en respuesta al incumplimiento de promesas flamantes del gobierno. Alertan sobre la asfixia presupuestaria o el desbaratamiento de programas valiosos como el Fines (terminación de estudios para adultos o jóvenes que abandonaron) o el Conectar Igualdad, entre otros. El ministro de Educación dio su palabra a los gremios hace un mes: esos programas no se tocarían.

No fue “el Bullrich bueno” del Gabinete sino el mismísimo Macri quien prometió aportes del Fondo de Compensación Salarial a siete provincias para que pudieran cumplir con lo acordado en la Paritaria Nacional Docente (PND). Ctera denuncia que no se están transfiriendo los pagos respectivos.

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La derrota del Frente para la Victoria (FpV) es espejo del avance oficialista. Los gobernadores instruyeron a los senadores que le obedecen para levantar la mano porque están ávidos o necesitados de endeudarse. Otros legisladores acompañan la gobernabilidad macrista con razonamientos dispares.

El Olimpia de Oro lo ganó, genio y figura, el presidente del bloque Miguel Pichetto. No se amparó en los corsi y ricorsi de la historia que servirán un día para contar su biografía. Tampoco en la necesidad imperiosa que a veces compele a relajarse y gozar como única salida. Se amparó en la autoridad del presidente Néstor Kirchner, que a su parecer “hubiera hecho lo mismo”.

Pichetto es un hombre informado, sabe de lo que habla, sabe que macanea. Kirchner asoció el desendeudamiento a la recuperación de autonomía nacional, en palabra y en acción. No aceptar los designios de la banca ni de los organismos internacionales de crédito. Heredero de una deuda sideral, pulseó con mano firme. Los números cantan: pagó mucho menos que Macri y sus negociadores. Su política económica fue desafiante y heterodoxa, se despegó de los cánones hegemónicos.

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Hay cuatro centrales sindicales y pico, desde la etapa kirchnerista. Son demasiadas para una representación eficaz de la clase trabajadora. Entre otras disfunciones, las dos CGT congregan gremios del sector privado y las dos CTA del sector público, con excepciones que no impactan en la regla. Caló y Hugo Moyano no tienen ni saber ni libido comprometida con la causa de los estatales.

Las cúpulas cegetistas revelan otra característica endémica que ocultó la prosperidad del kirchnerismo. Sus demandas se enfocan en los laburantes más aventajados. Los reclamos sobre ganancias o la defensa encendida de los puestos de trabajo existente son válidos. Pero dejan fuera del radar a los desocupados y a los informales, solo para empezar. La doble indemnización como medida paliativa a los despidos es un paliativo imperfecto que deja expuesto ese flanco.

En realidad, lo que empieza a desplegarse es una visión diferente del mundo del trabajo. La demanda agregada no es un factor esencial en el modelo macrista. Los sueldos relativamente elevados, a nivel regional, eran una virtud y ahora son un problema: la competitividad neoliberal se basa en su baja. Dirigentes sindicales avispados, no achanchados o mirando cortito, se percatarían de volea.

La perspectiva de una contra reforma que (re) flexibilice conquistas obreras es una perspectiva factible. Se ignora qué harían los peronistas no kirchneristas en tal instancia. Aún a Pichetto le costaría escudarse en la memoria de Kirchner para levantar la mano.

El kirchnerismo afronta el desafío de reacomodarse a la nueva, adversa, correlación de fuerzas. El sectarismo extremo y la cacería verbal de “traidores” no basta para reconstruirse. Una nueva coalición exige tiempo, templanza y asumir que proponerse como vanguardia solo sirve si hay apoyos sociales amplios, que excedan a los convencidos.

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La sesión comenzada ayer será memorable por sus consecuencias, su desarrollo no aporta nada. Los senadores hicieron cola para hablar. Hasta el lacónico santafesino Carlos Reutemann musitó las incoherencias de la derecha. El silencio de “Lole” solo es elogiable cuando lo rompe, por comparación.

Las bancadas radicales y de PRO compitieron augurando lluvia de inversiones. El endeudamiento como clave de un desarrollo cuyas coordenadas jamás se explicitan. La ley buitre es una nueva movida a favor de los poderosos que se terminaría votando en el día D de los despidos.

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