Por Eduardo Aliverti

Los seis años de la muerte de Néstor Kirchner motivaron una serie de homenajes, recordatorios y notas periodísticas que, en líneas generales, rescataron su figura con carácter nostalgioso.

No es que eso esté mal ni mucho menos. Al contrario. ¿Cómo no sentir añoranza por quien significó una anomalía histórica basada en haber interpretado como nadie cuál podía ser la salida del 2001, en tanto lo tradujo en acciones específicas a favor de las grandes mayorías y a contramano completa de los rumbos tradicionales? Pero lo que hoy urge a la Argentina no es la nostalgia. Es la reconstrucción de un proyecto popular que obliga, o debería, a volver a Kirchner desde aquello a lo que se animó. Parece un lugar común y de hecho lo es, pero igual vale porque son, somos, demasiados los que no podemos evitar detenernos más en lo que se perdió, en cómo pudo ser, en los laboratorios de lo que podía haberse evitado, en el darse cuenta a último momento de que no servía hablarse a sí mismos y a la vez mostrarse modositos para competirles a los conservadores… que en los fondos y formas de la recuperación. Hoy, casi todo semeja a que la bolsa de gatos peronista no está, como tal, en condiciones de ofrecer una propuesta sólida, atractiva, susceptible de enfrentarse con éxito a la derecha. En la subjetividad masiva, el machaque con la herencia recibida tendría prevalencia sobre un sufrimiento y preocupación populares que, por si hiciera falta aclararlo, son producto de este Gobierno y no del anterior ni, mucho menos, de los doce años de gestión kirchnerista. No es ninguna herencia la que produce un endeudamiento dolarizado inédito en el mundo en apenas once meses. No lo es que la comunidad científica haya vuelto a salir a la calle para impedir que la manden a lavar los platos, según la inolvidable frase de Domingo Cavallo en el menemato troncalmente redivivo. No lo es que Macri avale el tarifazo en la luz sin esperar al resultado de la audiencia pública, porque sólo importa que el sector privado tenga ganancias extraordinarias con prescindencia de cuáles son sus costos e inversiones. No lo es que se hayan destruido cerca de 150 mil empleos, de acuerdo con cifras oficiales que ni siquiera revelan el impacto del ajuste en la economía informal. No lo es una prepotencia de las policías que se sienten habilitadas a patotear cuanto tenga semblanza de negrito merodeador, ni el impulso a militarizar lo que se denomina el control de la inseguridad urbana. No lo es la pulverización de los planes educativos, sanitarios, culturales, que a más de los trabajadores que dejaron en la calle o en la angustia explican la concepción exclusivista que el Gobierno tiene de las funciones del Estado. No es lo es que un órgano de las Naciones Unidas –al que Argentina está adherida por tratados internacionales– deba exigir la liberación de una presa política como Milagro Sala, tras uno de los enjuagues de poder feudal y manipulación judicial más bochornosos que se recuerden.

Tampoco son herencia recibida los gestos y medidas que, hacia futuro de plazo mediano y hasta corto, también pretenden la vuelta a intenciones y concreciones pensadas como archivo neoliberal sin posibilidades de retorno. La “denuncia” de la AFIP contra clubes de fútbol, a través de un show mediático en el que puso la cara su plana mayor, no esconde sino que visibiliza el objetivo macrista de avanzar hacia la conversión de las entidades en sociedades anónimas. Es una obviedad que hay detrás el control y usufructo de los fondos multimillonarios generados por el fútbol, bajo la excusa de limpiar la corruptela de sus dirigentes. El copete de la nota central al respecto en Página/12 del viernes, firmada por Gustavo Veiga, es difícil de mejorar como síntesis: “El Presidente se entromete en el fútbol como si todavía tuviera su despacho en la Bombonera. A fines de los 90 no tuvo suerte con su propuesta de introducir las sociedades anónimas en el manejo de los clubes. Ahora, avanza contra un régimen contributivo que avaló en su momento”. Se recalca que, además del fútbol, los sectores denunciados por el titular de la AFIP involucran en primer término a los juegos de azar. Pero resulta que en ambos se desempeña el actual presidente de Boca. Daniel Angelici es uno de los operadores clave de Macri en el andamiaje del aparato judicial y de los servicios de inteligencia que tributan a la vereda enfrentada con la doctora Carrió, que tiene los propios para continuar militando en el denuncismo gurka del grupo gubernamental Cardenal Newman. Todo un chiche que deja los entretejidos del kirchnerismo a la altura de bastante menos que un poroto. La gilada, mientras tanto y como designa otro lugar común, avalaría que en nombre de las prioridades sociales, en un gobierno de derechas, se liquide el Fútbol para Todos desde el primer día de 2017. La nota bien remata con la ironía del dirigente de un importante club del Ascenso, que el firmante del artículo ubica lejos de estar entre los comprometidos por el súbito moralismo fiscal: “Pensé que en la denuncia de evasión millonaria (de los clubes) iban a tratar el caso de Deportivo Maldonado de Uruguay y el rol de Gustavo Arribas, director (actual) de la Agencia Federal de Inteligencia”. Arribas, jefe de los espías de Macri, tiene como todo antecedente en el rubro haber sido intermediario en pases de jugadores. Son datos públicos al alcance de cualquiera que desee hurgar mínimamente en la fortaleza de la cruzada ética del macrismo. Empero, parecería comprobable que, en circunstancias como las actuales y recientes, de incertidumbre política, desconfianza generalizada o ánimo de volver a probar con lo viejísimo que se presenta novedoso, puede contar más lo que se construye ser que lo que se es.

En el cierre de su estupendo libro Néstor, el tipo que supo, Mario Wainfeld repara en el retroceso de los movimientos populares y progresistas de nuestro Sur; en la derecha que gana posiciones; en la etapa difícil y oscura que destaca entre sus muchas secuelas nocivas la de vivirlas como un presente eterno. “La oscuridad obsesiona y, por ahí, paraliza. Sin embargo, nada es históricamente inmutable. Muchos creímos que lo serían la dictadura, el neoliberalismo, la crisis de principios de siglo, el ‘cierre histórico’ con las leyes de impunidad. Hemos compartido una mirada retrospectiva de esos momentos de desazón, que supusimos interminables. Kirchner demolió varias de esas murallas. Ninguna derrota ni ningún escenario adverso se prolongan indefinidamente” (por cierto, agrega el autor de esta columna, tampoco ninguna victoria ni escenario favorable). Y cita, Wainfeld, un párrafo de Max Weber que, como también dice, vale para líderes, militantes y gente del común. “Es completamente cierto, y así lo prueba la Historia, que en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez. Pero para ser capaz de hacer esto no sólo hay que ser un caudillo, sino también un héroe en el sentido más sencillo de la palabra (…) Aquellos que no son ni lo uno ni lo otro han de armarse, desde ahora, de esa fortaleza de ánimo que permite soportar la destrucción de todas las esperanzas, si no quieren resultar incapaces de realizar, incluso, lo que hoy es posible. Sólo quien está seguro de no quebrarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado estúpido o demasiado abyecto para lo que él le ofrece; sólo quien frente a todo esto es capaz de responder con un ‘sin embargo’; sólo un hombre de esta hechura tiene ‘vocación’ para la política”.

Poco antes de esa cita final, el colega invita a reflexionar que Kirchner jamás creyó haber llegado a la cima y que la imagen de (salir del) Infierno para transitar el Purgatorio trasunta bien su aspiración: había que acceder a un estadio intermedio. “Siempre le faltaba algo o mucho: reservas, empleos creados, crecimiento, apoyos populares. Para ser reformista, en su momento, había que apostar a cara o ceca, o doble contra sencillo: tal era la hondura del pozo. Poco atractivo, torpe con el cuerpo, atolondrado en el habla, se hizo querer porque satisfizo necesidades y cambió el escenario. Aró con bueyes viejos, como canta Silvio Rodríguez. Por esas causas cambió la historia; fue jefe de una fuerza que creó; emblema y paladín para tantos compatriotas. Por eso se quieren borrar su recuerdo y el de sus realizaciones”. Y por eso hay tanta gente que busca no permitirlo. Tanta gente que tiene el diagnóstico pero no la receta, porque además no encuentra a los dirigentes que la elaboren, y que en consecuencia se percibe en eso de vivir este presente macrista como una secuela nociva y eterna. Lo seguro es que la fórmula no pasa por hacerla con híbridos opo-oficialistas. Para fotocopias de la derecha ya hay de sobra con los originales y se sabe cómo termina.

No es poética. Es política pura. Es lo que Kirchner tenía claro, con todas sus contradicciones que nunca fueron las principales.