El suizo venció a Nadal con un excelente juego del lado del revés, en un partido impecable.

No es sencillo dar en la tecla cuando hay tantas opciones para empezar. La ocasión histórica, la influencia hacia el futuro, los méritos de Roger Federer en su vuelta impensada, el regreso de un Rafael Nadal de primer nivel. Son muchas.

Elijo la jerarquía del partido. Por calificados que sean los protagonistas, el deporte entrega infinidad de ejemplos en los que la expectativa altísima supera a una realidad en la que la tensión y los nervios le ganan al nivel de juego. Casi como esas películas que vamos a ver habiendo escuchado innumerables elogios.

No fue éste el caso. La categoría del suizo y del español convirtió a uno de sus enfrentamientos más trascendentes en un concierto impecable. Ligero de a ratos, enseguida trabado. Con espacio y tiempo para que se lucieran como solistas y también en dúo. El score fue el director que los guió para agregar la incógnita del resultado. Federer brilló con sus movimientos artísticos, su velocidad inigualable. Y puso en el escenario algo destacado en la previa de la final: un nivel de juego del lado del revés como jamás había tenido. De más está decirlo, fue un detalle clave en el desarrollo y en el resultado. Más firme de ese lado, de a ratos neutralizó el clásico plan de Nadal de arrinconarlo en ese cajón izquierdo desde donde se explica la superioridad del español en los duelos entre ambos.

Roger tiene más armas ahora, a los 35 años, y las exhibió de manera rotunda. Fueron muchas las veces en las que su revés cruzado hizo daño y también en las que, al jugarlo paralelo, no le dio tiempo a “Rafa” para invertirse y gestionar con el drive.

Nadal sacó muy bien de a ratos y esos lapsos coincidieron con sus mejores momentos en el partido, cuando ganó con autoridad tanto el segundo como el cuarto set. Ahí se vio lo mejor del español, un tramo con gran agilidad, fiereza para impactar, postura agresiva y convicción absoluta, todos rasgos distintivos de sus mejores años.

Federer estuvo encendido desde el inicio y su plan de juego fue determinante: golpear cerca del pique, pegar sobrepiques antes que retroceder, jugar tan rápido como solo él puede y llevar el desarrollo al módulo que más le conviene, con puntos cortos y resoluciones intuitivas.

Para destacar, pues fue una de las razones de la victoria, su capacidad de lucha, tanto física como mental. Iniciado el quinto set, Nadal quebró en el primer game, el suizo lucía al filo de sus posibilidades físicas, había sido atendido en los vestuarios al final del cuarto parcial, y la inercia del partido, que le pasaba factura a su cuerpo por dos semanas de desgaste, se inclinaba para el lado de “Rafa”.

Sin embargo su mente, factor determinante para explicar su incomparable carrera, lo mantuvo cerca, al acecho, dispuesto al esfuerzo y convencido de que aún tenía posibilidades.

Los números le dieron la razón. Quebró para 3-3, volvió a hacerlo para 5-3. Y sacó para partido. El cierre, con el suspenso del “ojo de halcón” pedido por Nadal, demoró apenas unos segundos las sentencias estadísticas. Fue una verdadera fiesta, un partido que trascendió el envase tenístico y las barreras deportivas. Federer derrotó a Nadal por 6-4, 3-6, 6-1, 3-6 y 6-3 y profundizó la huella, aún sin fin, que marca en la historia del tenis.

Su quinto título en Australia es el 18° de Grand Slam, el que lo separa más de los 14 de Pete Sampras y del propio Nadal. Así, es el primer hombre que consigue ganar al menos cinco veces (Wimbledon, Australia y US Open) tres de los “majors”. Por primera vez venció a cuatro top-10 camino a uno de sus títulos. Y es el campeón más veterano de cualquier grande en más de 40 años.

Difícil que alguien tenga dudas. Federer es el mejor tenista de todos los tiempos. Y, dénlo por hecho, todavía quiere más.