Los jugadores de la visita no fueron ningunos “santos” y se impusieron por 3-0. Los goles.

Reducir este partido a una frase tan simplista como “San Martín llegó tres veces y metió tres goles” no sólo es falsa. También deja afuera varios aspectos trascendentales para desentrañar cómo Atlético volvió a perder en casa después de más de un año y medio, aunque en este caso haya sido un partido no oficial.
Además, el lamento de “cada llegada un gol”, se termina cuando las llegadas son más de una. Cuando un equipo como el de Diego Cagna llega cuatro veces (antes de que Atlético se regale) y mete tres goles, hablamos de efectividad, no de oportunismo.

El “Santo” fue efectivo desde el minuto 3 cuando Gonzalo Rodríguez, una de las tres figuras del equipo, desbordó desde la mitad de cancha y desnudó otra de las razones por las que el partido terminó a favor del visitante: los groseros errores defensivos.

Bruno Bianchi y Franco Sbuttoni desaparecieron ante Ramón Lentini, la referencia de área “santa”. En el costado izquierdo, Pablo Cáceres también sufría. La escena de jugadores de San Martín solos definiendo ante Cristian Lucchetti se repetiría dos veces más, dejando en claro que la defensa de Atlético fue una de las grandes responsable de la caída. Un calco del primer gol fue el segundo, de Diego Bucci, con los centrales yendo juntos con Lentini y dejando solo al volante.

Aún con esas cruces en la espalda, Atlético se las ingenió para atacar y pese a que está lejos de ser el del Torneo de Transición, llegó más de 10 veces, de forma clara. Si el gol nunca llegó fue por otras tres causas que justificaron el resultado: la falta de precisión de los atacantes, César Taborda y la mala suerte.

Juan Manuel Azconzábal ya no sabe donde más buscar un gol para su equipo en esta pretemporada. Tiene solo dos en ocho amistosos que disputaron los titulares. Casi nada no solo para un equipo que se cansó de meterla el torneo pasado sino para cualquiera.

Taborda profundizó la escasez de conquistas con una tarea sencillamente brillante. Media docena de atajadas una más espectacular que la otra para desmoralizar cualquier intento del local. Pero no más desmoralizante que el tercer gol de Lentini, a 30 segundos de haber comenzado el complemento, otra vez solo.

Es cierto, fue con algo de suerte, luego de que la pelota rebotara en el travesaño. Del otro lado, las que pegaban en los palos se iban para afuera. El azar jugó su papel pero está claro que no obró solo.